Frase: "Hace tiempo comprendí que más vale la pena pensar en uno mismo"
Fecha: 20 de enero de 2009
Historia de presentación: Es más que probable, que, de no haber tenido Samuel aquella particular afición, nunca se hubiese fijado en ella. De no haber sido tan concienzudo en lo que concernía a su particular colección, la mayor colección de risas enlatadas del mundo, como a él le gustaba decir, nunca hubiera reparado en aquella muchacha de ojos tristes.
Samuel comenzó a guardar risas cuando tenía sólo nueve años. Guardó una sonora carcajada de su abuelo en un tarro de mermelada vacío, por simple curiosidad. Dejó el tarro olvidado al lado de los pocos libros que tenía durante meses, y se dedicó a las tareas típicas del verano de un niño de casi diez años ya. Sin embargo, y a pesar de que no estaba en la lista de cosas que tenía en mente para aquél mes de agosto, el abuelo de Samuel murió una mañana de lunes debido a un paro cardiaco. En realidad debería decirse que amaneció muerto, o que ni siquiera amaneció. Samuel no se atrevió a preguntar aquella duda durante el entierro que se celebró dos días después.
Durante varios días, Samuel no fue consciente de lo que había pasado. Lo sabía, sí, pero a la vez no lo sabía. Sabía que su abuelo estaba muerto, pero también sabía el domingo, como cada semana, le visitaría para echar una partida de ajedrez después de la comida. Preparó el tablero, movió el peón de rey dos casillas, y rompió a llorar. Lloró sobre las piezas, sobre su camiseta de Spiderman, lloró el mundo. Cerró la puerta de su habitación para que su hermana no escuchara sus sollozos, y se vació en la cama. Cuando había pasado casi una hora, reparó en aquél tarro de mermelada vacío. Lo tomó con miedo, muy despacio, y aguantó la respiración antes de girar lentamente la tapa. Entonces lo escuchó.
Su abuelo rió para él desde aquél bote, se despidió de él de la forma en que siempre hacía todo, riendo. Escuchar aquello alegró a Samuel el corazón de una manera tan intensa que tuvo ganas de salir corriendo a la calle, y gritarle a los árboles que era feliz. A partir de ése día, guardó todos y cada uno de los botes de conservas que caían en su poder. Los limpiaba con esmero, y guardaba risas de todas y cada una de las personas a las que quería recordar. Las de sus padres, la de su hermana, la de todos los amigos del colegio. Incluso les pedía a los profesores que rieran para él al acabar cada curso. Guardó risas de todo tipo: tenues, estruendosas, efímeras, burbujeantes…
Con el tiempo, reunió una enorme colección de risas. Casi todas las personas que habían pasado por su vida dejaban su huella entre aquellos tarros. Guardaba incluso risas dirigidas a él por algunos niños del colegio que creían que reírse de la gente era bastante guay. Las guardaba porque para Samuel no importaba el motivo por el que una risa se producía. Para él, eran bellas por lo que eran, todas y cada una sin excepción. Por eso se dio cuenta de que Alicia, sentada al final de la clase desde el primer día, nunca reía. Que él supiera, nunca lo había hecho. Y empezó a preguntarse como era posible que alguien estuviera tan triste como para no reír ni siquiera aquella vez en que a Tomás Valero se le salió la leche por la nariz mientras contaba un chiste en el comedor.
Aquella semana al salir del colegio, se fijó en que Alicia era la única niña que se marchaba sola a casa. No iba nadie a buscarla, ni tampoco la acompañaba ninguna otra niña. Pronto, venciendo el temor a que los otros chicos le acusaran de tener novia, se ofreció a acompañarla a casa. Ella aceptó extrañada, como si esperara algún tipo de burla por su parte, y no dijo una sola palabra durante todo el trayecto. Miraba al suelo y caminaba, y Samuel hacía lo mismo a su lado. Durante dos semanas, repitieron aquél ritual sin que Alicia dijera una sola palabra. Escuchaba a Samuel hablar de su colección, y de su sueño de convertirse en un escritor famoso. Finalmente, un viernes por la tarde, Alicia habló por primera vez.
- ¿Qué contienen los dos tarros que llevas siempre en la mochila? –dijo de repente, interrumpiendo a Samuel, que en aquél momento le contaba todas las tareas de las que tendría que ocuparse el sábado por la mañana.
- Bueno…uno de ellos está vacío. Para cuando te rías alguna vez.
- ¿Y el otro?
- El otro no te lo puedo decir –contestó Samuel, cambiando el gesto de repente- No es asunto tuyo.
Samuel dejó de hablar durante el resto del camino, y Alicia no volvió a preguntar. Ni siquiera se despidieron con la mano, como hacía siempre en el portal de la niña. Alicia subió los escalones hacia los gritos de sus padres, y Samuel cruzó la calle sin mirar atrás.
El lunes, al acabar las clases, Alicia no esperó al muchacho. Recogió deprisa sus cosas, sintiéndose más triste que de costumbre al imaginar un camino de regreso a casa sin la voz de Samuel. Caminó más despacio que otros días, sin quitar la vista del suelo. Nadie la esperaba, nadie la echaba de menos. Cuando llegó a su portal, sacó las llaves del bolsillo de su pantalón, pero antes de que pudiera hacerlo, la puerta se abrió de repente. Samuel la estaba esperando.
Estaba sentado en el suelo, y había preparado un tablero de ajedrez en el que uno de los peones ya se había adelantado a sus compañeros. Le indicó que se sentara en el suelo, y sacó uno de los tarros de su mochila.
- En este tarro guardo el último recuerdo de mi abuelo. –dijo Samuel.- Eso, y este ajedrez, son las únicas cosas que conservo de él.
- Le querías mucho, ¿verdad?
- Muchísimo. –contestó el niño con los ojos llorosos- Y lo peor de todo es que sólo me di cuenta de cuanto significaba para mí cuando ya no podía decírselo. Por eso conservo su risa, y de vez en cuando escucho un poco para sentir que está conmigo.
- Él estará contigo siempre, Samuel, aunque ya no escuches su risa. Estará contigo porque tú le recuerdas, y querrás ser para otras personas lo que él era para ti.
Se sentó enfrente del chico, y movió uno de los caballos de las piezas negras.
- Así empezaba él las partidas…-dijo Samuel abriendo mucho los ojos. Miró a su amiga, y de repente supo lo que tenía que hacer- ¿Quieres escuchar su risa?
- Sí, si tú quieres, claro.
- Sí. Te gustará, estoy seguro. –dijo mientras destapaba el tarro de cristal. La risa de su abuelo llenó aquél frío portal, llenándolo de magia. Los niños se dieron la mano, y rieron juntos por primera vez. Samuel acercó el bote a los labios de la niña, y sustituyó lo que quedaba de la risa de su abuelo por aquella nueva vida que brotaba de ellos.
- ¿Por qué has hecho eso? –preguntó Alicia, sin dejar de reír- ¿Y la risa de tu abuelo?
- Ahora sé que siempre estará conmigo. Y tú te pones muy guapa cuando te ríes.
Y desde ese mismo instante, Alicia supo que con Samuel cerca nunca le faltarían motivos para reír.
Frase de Alma azul: "Hace tiempo comprendí que más vale la pena pensar en uno mismo"
PD: Dedicado a mi abuelo. Una vez alguien me dijo que los abuelos de la gente no deberían morirse nunca, y es verdad. Ahora tendré que echarte de menos durante toda mi vida, y guardar los millones de momentos que me has dejado como el mejor recuerdo de lo que eras, lo que eres, y lo que serás para mí. Te quiero.
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